Un León en El Vaticano


El misionero agustino tomó la estafeta del misionero jesuita y no dará marcha atrás en su propósito.
La selección de un “nombre de guerra” por parte del nuevo Pontífice es importante para conducir una de sus responsabilidades mayores: no sólo asumió como Vicario de Cristo y pastor de su iglesia, sino como el Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano.
La otra gran responsabilidad -difundir y defender la doctrina de la fe católica- es simultánea a su compromiso político, de ahí el enorme peso que recae sobre su persona.
Bajo esa perspectiva, lo que hacen Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping al posar como súper potentados es un juego de niños aprendices de estadistas, cuyo único mérito es el control del poder y su ejercicio autoritario, pero carecen en absoluto de liderazgo moral o espiritual.
Desde los Pactos de Letrán (1929) entre el gobierno de Mussolini y la Santa Sede, la Iglesia obtuvo personalidad jurídica como Estado de la Ciudad del Vaticano a la vez que el liderazgo espiritual de la comunidad católica mundial.
En ese acuerdo, se pactaron tres cuestiones fundamentales:
- El Tratado Político, mediante el cual se reconoció la soberanía de la Santa Sede y la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano que garantizaba al Papa un territorio de 44 hectáreas.
- El Concordato, el cuerpo de regulaciones entre la Iglesia y el Estado italiano, definiendo el papel del catolicismo en la vida pública y en el sistema educativo, además de establecer compromisos recíprocos que aseguraban la autonomía del clero en asuntos internos.
- La Convención financiera, mediante la cual se compensaba económicamente al Vaticano por la pérdida de los Estados Pontificios en 1870 y otros daños causados durante la unificación de Italia bajo Garibaldi.
