Un mal día para la libertad de prensa
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La liberación de Julian Assange ha sido celebrada en el mundo, pero no hay nada qué festejar salvo para él, su familia y sus amigos, porque tras 14 años de persecución y cárcel, ha dejado de ser buscado por Estados Unidos.
Assange, fundador de WikiLeaks, la plataforma a través de la cual se difundieron más de 250 mil documentos secretos y videos, quedó en el centro de una controversia internacional sobre la seguridad nacional y la libertad de prensa donde ganó la primera, con lo cual el mensaje para quienes buscan en la información confidencial de los gobiernos limitar y evitar sus abusos, es ominoso.
Assange es un hombre libre, pero no porque un jurado lo encontró inocente de las acusaciones en su contra, sino como resultado de una negociación con el Departamento de Justicia de Estados Unidos, donde se declaró culpable de una imputación por conspiración y por publicar documentos clasificados del gobierno de ese país, por lo que fue condenado a 62 meses de prisión, que no cumplirá porque se le tomaron en cuenta los meses que pasó detenido en una prisión en el Reino Unido.
Está libre, pero el precedente que deja el caso será una amenaza permanente para el periodismo de investigación.
El laborista Julian Hill, miembro del Parlamento australiano, le dijo a la prensa de su país que “nadie debería juzgar a (Assange) por aceptar el acuerdo para salir de la cárcel y regresar a casa”, tratando de minimizar lo sucedido.





