
Les platico:
De niño tenía un lugar donde pensaba cosas importantes.
Le llamaba “mi fuerte” pero no era más que la pared más vetusta de la vetusta casa donde viví mis segundos años.
Sí, mis segundos, porque los primeros fueron en otra casa, y los ante primeros en otra y los ante ante anteriores en una que fue la más chiquita de todas.
A un cuarto que servía como dormitorio, baño, sala, comedor, patio, traspatio y cocina, mis papás le llamaban "la casa".
Ahora les dicen “lofts” pero antes eran casas.
“Mi fuerte” estaba en el traspatio de donde pasé mis segundos años.
Recargado en la pared de “mi fuerte” leí a hurtadillas el primer libro que convulsionó mi vida: “Demian”, de Hermann Hesse.
Mi abuela había proclamado que no tenía edad aún para leer ese tratado sobre la adolescencia evolutiva, apenas me vio llegar a la casa con “Demian” bajo el brazo.
Leyéndolo a escondidas aprendí a desconfiar de los adultos, acción de supervivencia para el conato de púber que era cuando lo descubrí en la biblioteca “La Ciudadela” del Centro de Monterrey, donde lo hojee por primera vez.
Me cimbró tanto que después de dos meses de estar juntando lo que costaba, lo compré y lo llevé conmigo a la casa.

