
Diciembre de 2014.
El día transcurre en tensa calma en el penal del Altiplano, antes llamado Almoloya.
De pronto, la tranquilidad se ve interrumpida por un convoy de camionetas blindadas que, a toda velocidad, ingresa al centro penitenciario.
De uno de los vehículos, custodiado por agentes federales fuertemente armados, desciende la figura disminuida del entonces procurador general de la República, Jesús Murillo Karam.
Su rostro denota angustia: los ojos, rojos como brazas ardientes, reflejan horas enteras sin dormir.
Ataviado con un chaleco negro y ropa casual, el alto funcionario, acompañado de un reducido séquito de colaboradores, avanza hacia una zona reservada, en los intrincados y fríos laberintos del reclusorio.
Ahí lo espera un hombre misterioso, a quien Murillo Karam ha decidido entrevistar personalmente.
Le urge saber, a toda costa, el paradero de los 43 normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero, aquel viernes 26 de septiembre de 2014, cuando “se los tragó la tierra”.







