
Desde la II Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos tuvo como prioridad la estabilidad de México. Un vecino inestable podía convertirse en amenaza a su seguridad nacional.
Durante años, el gobierno de EU supo de la corrupción en México, del cultivo de marihuana y amapola propiciado, en parte, por ellos, de la violación de derechos civiles y políticos.
Rara vez actuaron en consecuencia por considerar que no se amenazaba su seguridad nacional.
La apuesta de EU por la estabilidad de México se dobló al suscribir el TLCAN y luego el T-MEC.
Se les percibió como ancla del desarrollo económico de México, y de la alineación de nuestro país con EU, que asumió la transición democrática de México en ese esquema.
Primero con el triunfo del PAN y luego de Morena.
La construcción de confianza avanzaba paso a paso y cubría la compleja relación bilateral, respetando márgenes de maniobra del gobierno mexicano en la relación con América Latina y en foros multilaterales.
Ese marco de entendimiento llega a su fin por los profundos cambios tanto en EU como en México.
La administración Trump destroza el orden de la posguerra.
Percibe a México como una amenaza a su seguridad nacional, por la expansión del crimen organizado.
La narrativa clasifica a México como adversario, no como socio privilegiado y confiable, y actúa en consecuencia, propiciando indirectamente la inestabilidad de México con amenazas, presiones y aranceles.







