
El cielo, paciente, lo esperaba.
Y al fin reclamó a su Ángel, cerrando así, con dulzura solemne, el juego perfecto de su existencia.
La noticia llegó como un batazo imprevisto que silencia el estadio.
Dolorosa, sí, pero también luminosa.
Porque si bien la tristeza es ahora una casa llena, el legado de Ángel Macías es un home run que aún vuela alto, sin perder velocidad, entre las gradas eternas del recuerdo.
Tuve la dicha de saludar a Ángel gracias a su eterno compañero, Pepe Maiz, uno de los “Niños Campeones del 57”.
Compartían más que historias: compartían la humildad de los grandes y la pasión que solo quienes han vivido una gesta saben transmitir.
Ángel jugó en la Liga Mexicana, sí, pero su verdadero juego comenzó después, cuando dedicó su vida a las Ligas Pequeñas, formando nuevas generaciones con el mismo fuego que encendió aquel verano glorioso.








