
El libro se llama "Forjando un sueño", pero no se equivoquen, no es un catálogo de vanidades, es un artefacto de memoria, coordinado por la tenacidad de Gretchen Bakhoff, el volumen pesa como pesan las historias que valen la pena.
Al abrirlo, el prólogo de Isaac Hernández nos recuerda que el rigor es el único camino hacia la belleza.
Pasar las páginas es como ver una función desde las piernas del escenario, hay un rigor casi quirúrgico en la numeralia, un mapa preciso de quiénes pusieron el cuerpo y quiénes el alma para que el telón nunca se quedara abajo.
Fotos inéditas, de esas que capturan el sudor y el polvo de magnesio, nos muestran el virtuosismo de los bailarines que han pasado por aquí, es la evolución de un ensamble que aprendió a volar en el semidesierto.
Gretchen lo dice con claridad: este libro se lee como se mira una función, tiene ritmo, tiene drama y tiene ese asombro que solo aparece cuando la técnica se olvida para dar paso al arte, no faltan las voces de los que estuvieron detrás: patronos, consejeros y directores que entendieron que la cultura también se construye a pulso de gestión.
El Ballet de Monterrey ya no es solo una anécdota en el Teatro de la Ciudad, es un acervo, un registro exhaustivo de producciones que ahora vive en este libro conmemorativo, una obra que, con sensibilidad y materiales de alta calidad, nos dice que hace tres décadas alguien tuvo la locura de creer que en Monterrey también se podía danzar para la eternidad.


