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El espacio entre la espada y la pared se estrecha para la presidenta de México.
Andrés Manuel López Obrador no pudo escoger mejor: es leal, obediente y subordinada hasta la abyección, la midió bien a lo largo del cuarto de siglo que estuvo bajo su sombra.
Tras casi un año con la banda presidencial puesta, Claudia Sheinbaum seguiría los cinco restantes gritando a los cuatro vientos que su gobierno es un simple apéndice del anterior y que es un honor estar con Obrador.
El problema es que la herencia recibida no es la que Claudia presume. No puede construir un segundo piso cuando en lugar de columnas hay barriles de pólvora con mechas encendidas.
La “herencia maldita” a la que ella ha hecho referencia con respecto a otros presidentes es realmente la recibida del tabasqueño. La presidenta lleva 12 meses abriendo los ojos y constatando, una y otra vez, los incendios que tiene que apagar.
Desearía fervientemente ser la hija obediente, con sus huellas invisibles porque están colocadas por donde pasó primero su predecesor, está descubriendo, a su pesar, que no puede.






