
Atenas.- Por el sendero polvoriento en que estoy paseaba Aristóteles con sus alumnos, a los que enseñaba física, política, ética y valores que perviven hasta nuestros días, como el respeto, la convivencia y la búsqueda de la felicidad a través de la virtud.
En el ágora, en cuyas ruinas tomo notas, nació la democracia y floreció la ciencia y la lógica. De aquí, de Atenas, emergió la llama de la civilización occidental que hoy luce débil, próxima a apagarse.
A la sombra de un olivo centenario, o milenario tal vez, leo que el presidente Donald Trump encabeza una cruzada para someter a las Atenas de nuestra era, que son las universidades, en este caso las de Estados Unidos.
Parece el retorno del péndulo de la historia al lugar donde estuvo antes de la madrugada del viernes 12 de octubre de 1492, cuando el marinero Rodrigo de Triana, trepado en las jarcias de La Niña, gritó ¡Tierra!, y Cristóbal Colón entró en la inmortalidad al dar inicio a un nuevo equilibrio del poder global.
Cinco siglos después, el sábado 10 de noviembre de 2001 en Doha, Qatar, la Organización Mundial de Comercio aprobó el ingreso de China a la OMC para el día siguiente, sin exigir a cambio un solo compromiso democrático ni honrar los derechos humanos como un valor universal.






