Cuentas claras, metas largas

Por un lado, mi Plan de Vida (sí, ese documento donde me pongo serio y escribo “ahora sí, gimnasio 5/7 y menos tortillas”), y por el otro, el Presupuesto 2025 en la oficina esa criatura de Excel que cada mes revisamos como si fuera un Tamagotchi: si no lo alimentas, se muere… y si lo alimentas de más, también.
Mi plan personal lo trabajo en 3 ventanas: 90, 180 y 360 días.
Le pongo categorías para no engañarme: Familia, Amigos, Trabajo, Académico, Físico, Espiritualidad y Hobbies.
Está padre porque me da norte.
También es doloroso porque te dice en la cara dónde vas bien y dónde te estás haciendo tonto (hola, dieta y gym, no los veía desde… hace días.)
En paralelo, en la chamba revisamos ingresos, egresos, inversiones y avances por proyecto.
Lo hacemos mes a mes. Y aquí empezó la epifanía: mi plan de vida y el presupuesto se parecen más de lo que me gustaría admitir. Ambos te dicen dónde estás, qué querías lograr y sorpresa… qué no está pasando (aunque jures que sí).
Ahora, lo importante no es si planeas, sino cómo planeas.








