
Damián Alcázar es un buen actor, ni duda cabe.
Pero por su abruptamente interrumpida faceta como político ciudadanizado, merecería con todo rigor lo que da en llamarse “anatema”, que es la excomunión o exclusión de una persona, de la comunidad a la que pertenece por sus creencias e ideologías.
Cierto, la palabra esa -“anatema”- suele usarse en lo religioso y más en el de la Iglesia Católica, pero nuestro lenguaje permite que tenga aplicaciones más allá de ese contexto y con el debido respeto y permiso de la RAE, la uso aquí en el ámbito de la actuación y de la política.
¿Y la hematoma, vulgo moretón?
Ah, pues serían los que brotan por todos lados como producto de una “anatema”.
¡ARRE!
Damián tuvo un fugaz episodio como político que lo llevó a ser en el 2016, uno de los 100 diputados de la primera Asamblea Constituyente de la CDMX.
Fue la encargada de elaborar la Constitución que rige los destinos del otrora DF y llegó a ese puesto mediante una representación proporcional del voto directo, respaldado por MORENA, que era presidido entonces por don Andrés Manuel.


