
Foto tomada de la red.
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Sobre todo si tenemos mucho tiempo en un mismo espacio, es habitual que vayamos acumulando entes que, por una u otra razón, nos son cercanos, familiares, placenteros y hasta necesarios.
Pero estamos hablando de objetos, de paredes que susurran las conversaciones secretas escuchadas, de puertas que, al rechinar, te indican su vitalidad y no su decrepitud, de ventanas por las que observabas en los anocheceres las lunas de sangre que tan te asustaban como te atraían.







