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Cartago, Túnez.– Desde lo alto de la colina de Byrsa se ven las ruinas de una de las ciudades más espléndidas del mundo antiguo; piedras, trozos de muro, partes de columnas rotas y abandonadas que no sólo evocan el pasado, sino que muestran el futuro de los países que no saben defender sus cimientos.
Cartago no cayó sólo por el poder de Roma, sino por la ceguera y la indiferencia de sus propias élites.
Al llegar las legiones romanas en la tercera guerra púnica, la ciudad ya estaba erosionada por el autoritarismo, la persecución a los críticos, el despilfarro de la riqueza pública y las instituciones habían sido puestas al servicio del clientelismo de los gobernantes.
El incendio final (146 a de C) fue la consecuencia de la descomposición de las élites, de su ceguera, sus envidias y su cobardía.








