
Conocí entonces el trabajo que encabezaba Claudia Colimoro, apuntalada por sus hijas e hijo, en la desmedrada casa de Berriozábal (restaurada luego por la familia Slim), en el centro duro de la ciudad.
Rescataban niñas y jóvenes de la trata y la violencia, les daban refugio, seguridad y, con cariño y excelentes profesionales, intentaban proveerles autoestima y sentido de futuro.
En 31 años de vida, Las Mercedes registra haber atendido a 6 mil 780 muchachas, 280 de ellas concluyeron estudios universitarios y de posgrado.
Pero de repente, en este México, donde, diría Javier Sicilia, hay algo infernal sin camino de regreso del horror, una joven de 17 años acusó de violación al hijo de Claudia, Aquiles Colimoro, preso desde mediados de octubre.







