

Se formó la tormenta perfecta y pareciera que no hay el equipo capaz de aconsejar cómo salir del epicentro sin raspaduras, la titular del poder ejecutivo paga las consecuencias por no ejercer el poder, por no contar con él o por proteger a quienes con ella comparten el poder.
La sombra del caudillo (copiando el título del clásico de literatura) parece pesar más de lo que protege, el rompimiento se advierte inminente, de no ser así, el liderazgo que se ejerce desde palacio Nacional quedará sometido al impulsado desde Tabasco.
Surgió la crisis por los nexos atribuidos a Adán Augusto, los vínculos del hijo del caudillo, el guachicol operado desde el más alto poder, los crímenes en Sinaloa con las relaciones turbias atribuidas al poder ejecutivo, la deshonestidad de Fernández Noroña, el país incendiado por la inseguridad imperante, las carreteras convertidas en patrimonio de delincuentes y la gota que derrama el vaso: el crimen del alcalde de Uruapan en Michoacán, todo como parte de esta tormenta que azota al gobierno federal.
La carga de todo va sobre los hombros de quien ejerce el poder ejecutivo, ante la soledad del despacho, ni Adán Augusto, Ricardo Monreal, Luisa María Alcalde, los gobiernos estatales morenos o algún otro liderazgo, nadie sale en respaldo de su líder, claro, a menos que no sea su líder y sean simples compañeros en el viaje político.






