El laberinto de la globalización: una crítica al concepto de nuevo orden

El desfile militar organizado en días pasados por Xi Jinping y la subsecuente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) no fueron meros actos protocolares, sino un singular acuse de recibo de un mundo en transición.
Al más puro estilo de la Larga Marcha de Mao, el evento envió una señal clara, un mensaje que el presidente Trump entendió en un tono lacónico, propio de la complejidad de una relación simbiótica.
La reunión de la OCS, una institución fundada hace 24 años para combatir el terrorismo y fomentar la cooperación económica, se ha transformado en un contrapeso a las alianzas occidentales.
Con la inclusión de India, Pakistán, Irán y Bielorrusia, la organización actúa como una plataforma para una narrativa de gobernanza mundial alternativa, con Beijing y Moscú en el centro.
Sin embargo, este desfile de poder es más un eco del pasado que un faro hacia el futuro.
La reunión, que silenció la anexión de Ucrania y criticó a Occidente, evoca la lógica del COMECON, aquella alianza económica de la Guerra Fría que, al integrar a economías parasitarias, terminó por consumir a la propia Unión Soviética.
Los invitados a este nuevo bloque no representan un poder económico sostenible, sino un conglomerado de intereses políticos que, en el largo plazo, pueden socavar la estabilidad de la propia China.








