
Durante años, luego del levantamiento del pueblo de Dolores que celebramos como fecha de nuestra Independencia, Hidalgo fue sólo, en la opinión pública de entonces, un cura loco, jefe de unas turbas que arrasaron lo que hallaban a su paso, durante unos meses de violencia plebeya que destruyeron el Bajío, la región más rica de la Nueva España.
La Nueva España no se repuso de aquella destrucción.
Este es el Hidalgo destructor que pintó José Clemente Orozco, con una bóveda incendiada a sus espaldas y con la mirada en trance, poseída, en su salvaje mural del Hospicio Cabañas de Guadalajara.
Es el Hidalgo del que el propio Hidalgo se arrepintió antes de ser fusilado, en Chihuahua, en 1811.
El hoy venerable anciano, Padre de la Patria, era en realidad un robusto y guapo párroco criollo de 57 años, volado por las ideas de la Ilustración, reconocido apetente de mujeres, agricultor experimental y conversador insuperable en las tertulias de la próspera ciudad minera de Guanajuato, donde la alta sociedad, criolla y peninsular, jugaba a las cartas y hablaba de política.








