
Debemos aceptar, con tristeza pero con claridad, que la civilización es apenas una capa delgada y frágil extendida sobre un volcán en llamas.
Lo que vemos hoy no es el triunfo de la inteligencia, sino la prueba de que nuestras leyes y nuestra paz son solo una superficie débil.
Debajo de ella, siguen hirviendo las fuerzas más caóticas del ser humano.
El mundo actual —donde la violencia se vuelve parte del sistema, la corrupción es lo normal y el abuso de poder se disfraza de orden— nos avisa que el suelo firme se está rompiendo.
La tragedia no siempre ocurre con una gran explosión; a veces es una serie de grietas lentas y dolorosas por donde nuestra humanidad se escapa poco a poco hacia el vacío.
Estamos ante una decisión fundamental:
- ¿Tenemos todavía la fuerza para reparar esta superficie con justicia verdadera?
- ¿O vamos a quedarnos de brazos cruzados viendo cómo el fuego de nuestra propia indiferencia destruye lo poco que queda de nuestras instituciones?
La respuesta no está en la violencia, sino en recordar que la civilización es un esfuerzo que debemos renovar cada día.






