La peligrosa ética del tecnopragmatismo climático: ¿una coartada para ignorar el futuro?

En las vísperas de la cumbre climática de las Naciones Unidas en Belém, Brasil, el filántropo Bill Gates aplico una sentencia que polariza el debate global.
Su tesis es simple y seductora: el cambio climático, aunque grave para los más pobres, "no provocará la desaparición de la humanidad".
Por lo tanto, argumenta, es más pragmático destinar recursos limitados a problemas "más inmediatos" como la pobreza y las enfermedades, dejando que la innovación tecnológica se encargue de la adaptación climática futura.
Este mensaje —respaldado por voces "realistas" como Bjorn Lomborg— sugiere que pedirle a la gente pobre de hoy que haga sacrificios para reducir la temperatura en el año 2100 no tiene sentido, pues esa futura generación será, supuestamente, "bastante más rica" y capaz de resolver la crisis que les heredamos.
Esta narrativa, que prioriza el crecimiento económico actual y minimiza la advertencia climática, no es una hoja de ruta, sino una coartada moral que nos permite eludir la acción previsora en el presente.







