
Con semejante promoción, uno esperaría encontrarse con una reina envuelta en esplendores y rodeada del fascinante universo maya al que perteneció esta noble del siglo VII, pero no.
Lo que hallé fue una exposición mínima, sin pena ni gloria.
Entiendo el enorme esfuerzo que implicó trasladar los aderezos funerarios de la señora Tz'aka'ab Ajaw, nombre atribuido por algunos a la "Reina Roja".
Sin embargo, verla empequeñecida en una sala diminuta, dentro de un museo de prestigio internacional y con una museografía prácticamente ausente, resulta decepcionante.
El equipo no consiguió traducir la idea curatorial en una experiencia visual, espacial y sensorial, se sale de la sala sin entender el propósito de la muestra.
La incoherencia narrativa y estética contradice el título grandilocuente que la encabeza, en el centro, un maniquí carente de gracia intenta representar a la reina sin lograr evocarla.







