
Su acción se dirige con especial fuerza hacia los débiles, y también hacia aquellos que se creen inmunes: a estos hay que tentarlos, pervertirlos.
Cumplida su misión —perversa, pero curiosamente entretenida— los demonios del poder regresan a sus refugios, cargando pruebas: testimonios, videos, audios, chats de WhatsApp, álbumes fotográficos e incluso acceso a la nube de sus “triunfos”.
Los demonios del poder
Son muchos.
Sus nombres son tan antiguos como sus efectos.
Algunos de los más activos hoy en México:
Belial: simboliza el abuso del poder.
En la demonología, es el demonio de la mentira, la corrupción y la manipulación.
Habita en gobernantes corruptos y sistemas judiciales injustos.
Gouman: representa la soberbia, encarnada en inquisidores y acusadores arrogantes.
Se manifiesta en el ejercicio autoritario, la falta de humildad y la ceguera de quien cree tener siempre la razón.
Aamon y Lyssa: representan la ira y la furia.
La ira que destruye la prudencia, que domina a gobernantes impulsivos y peligrosos, cuyas decisiones arrebatadas afectan a toda una nación.
Estos demonios operan sobre personas y sociedades.
En su presencia, surgen fenómenos como:
Ataque demoníaco: daño físico, emocional o espiritual dirigido a opositores o ciudadanos incómodos.
Posesión: control mental o parcial sobre ciudadanos convertidos en fanáticos y serviles.
Vejación: daños patrimoniales, hostigamiento judicial, ruina económica.
Opresión: persecución legal y mediática, marginación y miedo.
Influencia sutil: manipulación de emociones y conductas, alienación y pérdida de sentido crítico.








