Marcelo: ebrardorismo en el gabinete

Siempre pensé que, de una u otra manera, Marcelo Ebrard y su grupo político tendrían que ser incluidos en el nuevo gobierno de Claudia Sheinbaum, candidata ganadora a la presidencia de la república.
Lo pensé porque Marcelo representa lo que es quizá la última visión política, dentro de Morena, que no rechaza los beneficios de la apertura al exterior, el impulso a la clase media, la participación empresarial ni el TMEC como factores externos favorables al desarrollo económico del país, dentro del cual el Estado jugaría un papel clave, pero no avasallante.

Hay, en ese contexto, un problema y una oportunidad con Marcelo.
La visión ebrardorista (no confundir con obradorista, por favor) libra una lucha cerrada contra las visiones de otros grupos morenistas (Fernández Noroña, Bartlett, Jesús Ramírez, El Fisgón, Martí Batres y otros) que proponían lo contrario: la defensa a ultranza de la soberanía nacional, el rechazo a la apertura externa, la inversión privada en áreas de energías limpias, la negativa a seguir la ruta de la integración con Estados Unidos (rechazo al Tratado de Libre Comercio con EU y Canadá) y la conducción estatista de la economía, además del repudio a los compromisos internacionales del gobierno mexicano.
Fue la de Ebrard la propuesta de gobierno mejor elaborada en contraste con los otros aspirantes, por ejemplo, en su libro “El Camino de México” (2023, Aguilar) y con argumentos como el siguiente: “el camino que hemos recorrido busca exponenciar la integración económica y tecnológica para crear bienestar en nuestro país, y al mismo tiempo ampliar nuestra autonomía e identidad”.

