

Era gobernador entonces Lázaro Cárdenas Batel y había pedido ayuda a la Federación, sin éxito, durante el gobierno de Vicente Fox, porque las guerras del narco, en particular el asalto de Los Zetas sobre Michoacán, empezaba a ahogar al estado y al gobierno local.
Las circunstancias ayudaron a Cárdenas Batel cuando fue el turno de pedir la intervención federal al presidente Calderón a finales de 2006 y principios de 2007.
Para empezar, Calderón era michoacano de casta, y ya había visto la violencia crecer en su estado.
Pero la barbarie de Los Zetas produjo la siniestra ejecución de un grupo de sicarios enemigos, cuyas cabezas cortadas fueron tiradas a un bar de no recuerdo qué ciudad.
La noticia electrizó al país, desde luego a Michoacán, al gobernador Cárdenas Batel y al nuevo presidente michoacano, Felipe Calderón, quien reaccionó de inmediato para tratar de poner un freno a la espiral de ejecuciones en su tierra.
Su decisión de intervenir Michoacán con el Ejército fue inmediata y tuvo una efectividad inmediata también, pero pasajera.
En cuanto las fuerzas “de ocupación” desocuparon los territorios, los antiguos dueños volvieron.
Entonces, como ahora, las policías del estado eran incapaces de frenar a las bandas, cedían de hecho a la lógica de plata o plomo.






