
Si bien es cierto que la tecnología nos ha hecho más eficientes, esto en poco o nada ha cambiado que continuamos nuestra senda depredadora del planeta y de la calidad de vida; romper esa tendencia sí sería modernidad.
Modernidad sería haber conseguido mejorar los lamentables perfiles de la desigualdad y asimetrías en todos los órdenes de nuestras sociedades.
La modernidad, ese torbellino de progreso e innovación que ha redefinido la existencia humana, se nos presenta a menudo como una fuerza intrínsecamente liberadora y beneficiosa.
Nos promete eficiencia, conectividad y una abundancia de opciones sin precedentes.
Sin embargo, detrás de este velo de promesas, se esconde una compleja red de desafíos y consecuencias quizás no intencionales que bien pueden denominarse como las "trampas de la modernidad".
Estas trampas no son meros inconvenientes; son distorsiones fundamentales de nuestra experiencia vital que amenazan con desdibujar el propósito humano, erosionar el bienestar social y, en última instancia, alejarnos de nuestra propia esencia humanista.
La raíz de muchas de estas trampas reside en una profunda desconexión entre la velocidad vertiginosa de nuestra evolución tecnológica y la inherente lentitud de nuestra adaptación social, psicológica y ética(Syvertsen & Elin, 2020).
En un pasado no tan lejano, la vida se estructuraba en torno a "programas de vida" preestablecidos (The Organization of Work in Preindustrial Times, n.d.).
Estos programas, aunque restrictivos, ofrecían una ruta clara y un sentido de pertenencia: educarse para un oficio, formar una familia, criar hijos y asegurar la continuidad del ciclo de mejora general.






