
Allí, entre ropa doblada y libros apilados, no solo busco objetos: me busco a mí mismo.
Llegué justo al inicio del sexenio pasado.
Era como llegar al paraíso: una casa amplia, de un solo piso, con chimenea y un jardín que respiraba en cada amanecer.
En el centro, un nogal generoso que nunca se cansó de darnos nueces.
Atrás, la terraza: territorio de carnes asadas, de escritura y contemplación, de noches en que el murmullo del río y de los grillos era música.
Después de casi ocho años, llegó el momento de irnos.
Dejamos el lugar, la tierra, pero sobre todo dejamos a Paty, nuestra casera y vecina, que fue más que eso: fue guardiana del jardín, intérprete de la naturaleza, nos platicaba con un café en mano, por las mañanas, de la vida en Santiago y de la suya.
Su ausencia será más grande que de la inmensa casa que dejamos.








