
Resulta que la Primaria México del Ejido Jalpa (sí, ese Jalpa entre cerros y esfuerzo, en General Cepeda) me invitó a ser padrino de generación.
Y no cualquier padrino: uno bien recibido, con aplausos, sonrisas, cartulinas hechas con amor y gorditas de frijol y picadillo que, francamente, me hicieron sentir más honrado que si me hubieran dado la medalla Belisario Domínguez.
Ahí estaba yo, tratando de verme serio mientras los ahijados me veían como si fuera una mezcla entre funcionario y superhéroe (y yo apenas siendo un tipo que desayunó en chinga para llegar a tiempo).
En fin… traté de compartirles tres ideas antes de que el sol los derritiera:






