
Pero este fin de semana caminé por Hiroshima y Nagasaki y, honestamente, me alcanzó para replantearme muchas cosas.
Visité museos, leí declaraciones, vi fotos que no deberían existir, y escuché historias que deberían enseñarse en todas las escuelas del mundo.
Y aunque parte de mí buscaba el dato técnico, el contexto histórico o la perspectiva política, lo que más me impactó no fue lo macro, sino lo humano: la paz cuando se rompe duele con nombres y apellidos.
“People making atomic bombs”
Así empieza un poema que encontré en una de las exhibiciones.
No lo escribió un analista militar, lo escribió una sobreviviente, una hibakusha.
Y no hablaba de culpables, sino de consecuencias.
Nos han dicho tantas veces que la paz es un concepto…
Y sin embargo, después de ver con tus propios ojos los testimonios de una madre embarazada que entró a Hiroshima tres días después de la bomba, o de un niño cuyo padre murió sin poder hablar nunca más por el trauma mental, entiendes algo: la paz no es un discurso.
- Es una necesidad básica.
- Como el agua.
- Como el aire.








