
El día que tuvo frente a frente al también senador Alejandro Moreno, se arrugó todo (expresión de barrio que significa, se acobardó), le dieron dos o tres empujones y un sopapo, suficiente para que saliera despavorido, corriendo (casi literal), humillado y asustado del recinto público legislativo.
El fajador contra mujeres, ciudadanos de a pie y algunos medios, resultó ser cabra que no da leche (expresión de barrio que significa que fue una farsa, que no es aquello por lo cual presume).
Lo más grave no son los manotazos ni la escuálida cachetada del priista, lo verdaderamente delicado para el senador cuatroteño es que ese acto unificó a millones de mexicanos alegres por lo sucedido.
No podemos festejar que, en el recinto político de los mexicanos, las diferencias se diriman a puñetazos porque mañana será algo más delicado, no, no es la forma de resolver los diferendos, sin embargo, el personaje en cuestión ha conquistado tantas antipatías que se celebró lo sucedido por amplios sectores de la población.








