
Hablaba de la energía, de la vibra que, según él, arrastraba conmigo cada vez que iba a apoyar a mis Tigres y, sin querer, propiciaba su derrota.
A pesar de esa fama, siempre me he considerado un hombre afortunado.
He llegado tarde a partidos y, como si el destino me aguardara, mi presencia ha sido “un talismán” que revierte marcadores.
Creo que la suerte tiene raíces invisibles.
Que viene de lejos, heredada.
De mis padres, quizás.
Ellos se fueron de este mundo, pero su energía sigue aquí, suspendida como un eco.
Por las noches, les hablo en voz baja: les pregunto cómo será el otro día.
Imagino que, desde otra dimensión, escuchan y responden con señales que solo el corazón sabe leer.
Por eso creo en el destino.
En esa red de hilos invisibles que nos amarra a hechos, lugares y personas.
A veces pienso que las pérdidas son instrucciones crípticas para hallar un camino.
Precisamente ahora que el fútbol está en su apogeo con el Mundial de Clubes, se me vino a la mente el entrenador del PSG, Luis Enrique.
Se apartó del fútbol para acompañar a su pequeña Xana, su hija, quien sufrió el infortunio de un cáncer a los 9 años, la enfermedad se la llevó al cielo.
Años después, regresó al banquillo, resiliente, con la calma de quien ya ha visto de cerca la fragilidad de la vida.
En Champions llevó a su equipo a la final que se jugó en Alemania, contra el Inter de Milán.
Había un dato curioso: las últimas cuatro finales jugadas en ese estadio las había ganado siempre el equipo que nunca se había coronado.
No podía haber quinto malo.
Y no lo hubo.
Luis Enrique alzó la Champions y, en las gradas, la afición desplegó una manta enorme: él ondeando la bandera parisina y, a su lado, su hija Xana con la camiseta del PSG.







