
Todos le tenemos miedo a la muerte, todos, aunque algunas bravuconas como yo llevemos décadas repitiendo que no, que a nosotras no nos toca, que es un impuesto que solo pagan los que no supieron vivir con suficiente intensidad, suficiente ironía o suficiente lo-que-sea que inventamos para no mirarla de frente.
Y sin embargo, cuando llega el acercamiento leve —una caída de bruces al piso, un mareo en la escalera mecánica, un sobre que dice “revisar con urgencia”—, el cuerpo traiciona de inmediato la fanfarronería: las piernas se vuelven de algodón y gelatina al mismo tiempo, y la mente grita en silencio lo que la boca nunca admite.
Pavor, pavor puro, infantil, animal, ese terror sin adjetivos que te hace desear volver al útero ahora mismo.







