
La razón última de la estrategia quizá sea contener a China.
Pero la táctica es alinear a los gobiernos de la región en lo que, para Washington, son líneas no negociables de seguridad nacional y combate al terrorismo, etiqueta que engloba ya, en la legislación americana, al narcotráfico.
El menú de las presiones unilaterales que Washington puede hacer sobre la región es breve y contundente: cancelación de visas, decisiones arancelarias y comerciales, apoyo a gobiernos y candidatos afines, acciones militares directas, como la sustracción de Maduro o la destrucción de lanchas de presuntos narcotraficantes/terroristas.
Las presiones son claras y empiezan a ser largas, porque son parte de una estrategia, no de una lista de ocurrencias.
Desde los tiempos de la Guerra Fría, Washington no había ejercido una presión sobre América Latina como la que ejerce ahora.
No es una presión opcional, es obligada.
El desafío es cómo lidiar con ella, no cómo quitarla del tablero o cómo esperar a que termine.
El problema para los gobiernos del continente con esta nueva política continental de Washington, es que le pueden cambiar el ritmo, pero no el rumbo.
Burlándose del rumbo que le habían anunciado si no se plegaba, Nicolás Maduro aceleró el ritmo de su extracción y el paso de Venezuela a la condición de un protectorado.



