
Prometió, fantaseó, llegó a la presidencia, hizo y siguió fantaseando.
Por años López Obrador ha tenido un pie en un mundo paralelo que no existe y otro en la realidad, en muchas ocasiones cojeando en uno o el otro.
En el cierre de su sexenio tiene muchas obsesiones, una de las más evidentes enfatizar lo maravilloso que fue su gobierno, sus extraordinarias acciones y obras.
Sigue brincando entre lo que fueron sus promesas, su abundante imaginación en ese mundo de caramelo, y la realidad.
Ya tiene además una caja de resonancia:
Claudia Sheinbaum se ha dedicado a enfatizar lo que presume su padre político con la fuerza de la convicción, la subordinación o la abyección.
AMLO nunca se cansó de criticar el bajo crecimiento de la era neoliberal, y con razón:
Un promedio de 2% anual era muy bajo, México necesitaba mucho más.
Ofreció que en su sexenio el crecimiento promedio anual sería el doble, 4%, y que en su último año la economía estaría creciendo a un fulgurante 6%, la cúspide de una continuada aceleración.
La realidad fue distinta:








