
Les platico. (Nota del editor IA: Por ningún motivo se pierdan la Galería al final de este artículo.)
El happening comenzó en el lobby y en las escaleras del Showcenter Complex de San Pedro Garza García, este sábado 3 de agosto.
Gente con canas al lado de chavos con otros de edades intermedias.
Abuelos, hijos y nietos preparándose para un espectáculo pletórico de talento, talante, emociones y tecnología.
De pronto, cerraba uno los ojos y se imaginaba al legendario grupo inglés, pero tocando en vivo las piezas que lo volvieron un ícono mundial del rock progresivo.
El Marrano Rosa toca en el escenario como si lo estuviera haciendo en versión concierto, no de estudio, y aunque haya paredes y techo, suenan como si estuvieran al aire libre.
De hecho su actuación es libre y soberana. Su música se libera y se libra de las ataduras de los convencionales grupos "tributo", que imitan sin recato ni descaro a los originales.
Dentro de su originalidad, siguen rigurosamente una pauta que los guía en cada acorde, en cada movimiento, en cada paso que dan sobre el escenario, músicos y coristas, e incluso, hasta el equipo de producción, que aunque se vista de negro, como los traspuntes, son vistos por el público y se llevan un merecidísimo aplauso.
El Marrano Rosa es un consorcio, una familia.
La diferencia con los grupos "tributo" es que diseñan su propia pauta, por eso suenan a ellos mismos y cubren su performance con el manto sagrado de David Gilmore y Roger Waters, y el diamante loco de Syd Barret (1946-2006) gravita todo el tiempo en escenarios y ensayos.
Si los venerables músicos británicos los vieran y oyeran, quizá sentirían que su música reencarnó en la forma de otras vidas.
Esa es una buena manera de definir y resumir lo que me parece que es el Marrano Rosa.
Los desplazamientos del dedo encasquillado sobre el pedal steel guitar son inmaculadamente parecidos a los efectos que Gilmore le arrancó a ese instrumento.
Pero al mismo tiempo, son distintos, porque hay más que un Atlántico separando a Pink Floyd del Marrano Rosa.
De la flema a la flama.
La flema inglesa se vuelve flama latina y mi percepción es que en el público hispanoparlante está el futuro, crecimiento, desarrollo y -por qué no decirlo- monetización del Marrano Rosa.
El público norteamericano -al igual que el sajón- es más bien frío, aún para la pasión del rock.
Pero el de habla hispana es un caldero de emociones, que hierve a menor temperatura que el inglés y el estadounidense.
Si definiera en una sola pieza al Marrano Rosa, no sería de Pink Floyd.
Tocaría a Glenn Frey y "The heat is on", uno de los ejercicios que se dio el lujo de tener fuera de su banda de origen, The Eagles.
Algo que pocos saben: para sus funerales (enero 18-2016) pidió que fuera tocada esa pieza y para deleite de los asistentes al servicio religioso, "The heat is on" puso a bailar a la feligresía.







