
Yo no tenía ni un peso en la bolsa porque me había peleado con papá y debí tomar la decisión más extrema y traumática en la vida de cualquier muchacho: ponerme a trabajar.
De manera que le pedí empleo a Jesús Árias quien me remitió con el ínclito Noé Hernández Santoyo.
Dado que Noé tomó literal mi petición (lo que yo quería en realidad era ganarme un dinerito, no precisamente trabajar) me mandó a su vez con un periodista legendariamente irónico, fino y negrero: Jorge Villegas.
Confieso sin falsa humildad que lo poco que sé del exótico oficio de juntar palabras y urdir ideas en forma de oraciones se lo debo a Jorge Villegas, maestro, mentor y casi segundo padre para mí (no negaré los resquicios oscuros y la faceta crematística, pero dejo para otra ocasión la pureza ética).
Apenas llegué a mi cita con don Jorge este me impartió tres lecciones magistrales:
- la primera fue de paciencia (me dejó esperando dos horas afuera de su oficina);
- la segunda fue de confianza (me ofreció un sueldo tres veces superior al de un principiante)
- y la tercera lección fue de sometimiento esclavista (me pidió escribir de lunes a domingo dos columnas de trascendidos, la columna vespertina y un artículo firmado con mi propio nombre).
La primera lección me volvió budista zen sin saber ni jota de filosofía oriental, la segunda la sigo cumpliendo al pie de la letra con resultados más o menos decorosos y la tercera cambió mi vida para siempre porque yo no puedo dormirme un sólo día de mi vida sin antes tomarme un alprazolam y sin escribir religiosamente tres páginas diarias a mano y sin recesos con la consigna desalmada de Jorge Villegas: “yo a mis musas las tengo asalariadas”.
Esa tarde, le pregunté a Villegas en su oficina a partir de qué semana comenzaría mi trabajo a fin de administrar con justa anticipación mis tiempos y mis pausas de descanso.







