
Les platico:
A mis cercanos les comento que a veces escribo para que me lea una sola persona, o dos o tres o cuatro.
Sé que esto no agravia al resto de mis lectores, pues el periodismo siempre ha permitido esto que menciono.
Entonces, en seguida les platico una situación real, no así los nombres, situaciones y lugares, confiando en que los directamente involucrados en este caso se darán por aludidos, espero que para bien y si es para mal, ni modo. Pero ¡que se sientan aludidos! ¿Arre? ¡Arre!
Miguel Heimann Hertz, miembro de la acaudalada comunidad judía de Polanco CDMX, es un artista natural.
Canta, es consumado chef, pinta, emprende negocios como pocos, otrora deportista al aire libre (más adelante sabrán por qué no lo hace desde hace un año), amiguero y niñero como pocos, devoto esposo y padre de una hija cercana a la adolescencia, buen hijo y hermano.
En suma, Miguel es un buen tipo, por todos los lados que se le vea
Como sucede a menudo con personas así, sin deberla, provocarla ni temerla, despierta envidias en gente acomplejada que quisiera al menos un gramo de los kilos de simpatía que destila gente como él.
Esos sentimientos innobles afloraron en el cuñado de uno de los hermanos de Miguel:
Pedro Sánchez se llama, y es el reverso de la moneda: opaco, sin dote alguna de artista, hijo consumado de papi a sus 40 y tantos años -atenido o mantenido, diría mi abuela la alcaldesa- e híperlactante hasta la pared de enfrente.
Miguel y Pedro convivían más o menos como producto de la relación indirectamente familiar que les une, pero el segundo veía con recelo y envidia al primero.
Pedro el receloso tiene tres hijos; dos varones y una nena de 15 años.
Entre sus dotes no se cuenta la buena educación a su prole, por lo cual, principalmente la muchachita le salió medio cabrona.







