
El país se encamina a una autocracia y se asoma inmediato el poder en una sola persona:
El Poder Legislativo al servicio de los deseos y ánimos del Ejecutivo y un Poder Judicial de competentes, incompetentes e ignorantes, pero al servicio de quien gobierne, de los caciques, de quien tenga dinero y de quien además tenga armas.
No habrá certidumbre jurídica y los inversionistas, salvo quienes trabajan en países como Afganistán, Irán o naciones africanas controladas por warlords, se asustarán y quizás prefieran instalarse en Texas y Vietnam, que hoy son los ganadores del nearshoring.
Ya no habrá órganos autónomos, con lo cual nos denunciarán en los paneles del tratado comercial norteamericano y, eventualmente, ante la pérdida de ventajas competitivas y sin agua ni energía eficiente, cancelen el acuerdo.
El poder lo va a tener la presidenta Claudia Sheinbaum, pero la fuerza la tendrá el Ejército, que es el diseño que le heredará el presidente López Obrador, y no puede modificarlo de él, cuando menos por ahora.
Cada vez nos pareceremos más a la Venezuela de Hugo Chávez, que también utilizó la democracia para destruirla, pero Sheinbaum no tiene la ascendencia del comandante venezolano sobre sus Fuerzas Armadas y, al contrario, hay mutuas desconfianzas.














