Y de pronto, Acapulco se llenó de "adioses". Episodio II
Les platico:
La confrontación con uno mismo es más demoledora que enfrentarse a los más despiadados adversarios.
Implica validar nuestras propias preocupaciones, miedos, emociones, tristezas, alegrías, frustraciones.
En cualquier relación, es previsible que se pierda la chispa. Eso tiene remedio. Un final decente, por ejemplo.
Pero ponerle punto final a la chispa de uno mismo, eso es indecente por naturaleza.
Aunque la poetisa Alfonsina Storni pensaba diferente, al igual que su amigo-amante Horacio Quiroga ("El almohadón de plumas"), quienes veían al suicidio como un acto de voluntad al que todo ser humano tiene derecho.
Alfonsina y Horacio se quitaron la vida, no en la forma poética en que la cantan las canciones y lo cuentan los cuentos.
Tal cual lo hizo "Marinero" -en mi versión del final de la obra que les narro- Alfonsina se tiró al mar desde la escollera del Club Argentino de Mujeres, 200 metros abajo, y Horacio se envenenó por su propia mano.
A Hernán Galindo le gusta cerrar sus obras, dejando una rendija por donde se cuela el final que cada espectador le quiera dar a sus tramas.
Esto sucede con "Marinero".
A mí -por ejemplo- me pareció que había decidido acabar con sus días arrojándose desde La Quebrada, como lo hacen los clavadistas de ese lugar en Acapulco, pero con otros fines.











