Un norte eterno

Otros se degustan como si fueran el menú secreto de un club al cual muchos nunca serán invitados.
"Los dueños del norte", de Roberta Garza Medina, pertenece -para fortuna de los voyeurs sociales- a esa segunda categoría.
No porque sea ligero, sino porque su materia prima es el privilegio, ese perfume caro, que incluso cuando pretende evaporarse, deja rastro en cada página.
Con el debido respeto a su filo, es una caminata por las avenidas privadas del poder regio.
Hay portones que se abren solos.
Hay apellidos pesados pesando y calibrando en sus manos a las leyes; hay una narrativa que no pide permiso.
Nos permite asomarnos a la sala climatizada donde se decide el destino de una ciudad presumida de industrial y meritocrática, aunque su árbol genealógico diga otra cosa.
- Prebendas del centroamericano de origen, general Bernardo Reyes, en el fin del siglo 19 y principios del 20.
- Hijos no reconocidos.
- Deudas.
- Homicidios.
- Desapariciones.
Roberta Garza Medina no escribe con el resentimiento del excluido ni con la devoción del iniciado.
Es cartógrafa de esa zona difusa donde el dinero se convierte en tradición y la rutina en derecho divino.
Sus personajes -empresarios, herederos, bragueteros, ejecutivos con apellido compuesto y sonrisa de consejo administrativo- habitan un ecosistema tan cerrado que el oxígeno se recicla entre ellos mismos.
Mencionan la ciudad como si la conocieran más allá del parabrisas polarizado.
Los dueños del norte son también, en buena medida, los dueños de su propio relato.
Se cuentan a sí mismos como héroes de una épica industrial, pioneros que levantaron fábricas donde antes había polvo.
Algo de eso hay. Pero entre la épica y la hoja de balance se filtra una verdad menos fotogénica.
Las redes de poder no se heredan sólo en acciones; también en silencios, en complicidades, en esa manera tan elegante de llamar tradición. Otros la llamarían ventaja estructural.
El traje azul marino nunca falla, el reloj suizo mide el tiempo de otros, el club de golf donde se negocia lo oculto en las actas.
Hay una idealización casi involuntaria -o tal vez muy consciente- del whitemexican.
Ese personaje parece vivir en una versión mejor iluminada del País, donde los problemas llegan filtrados y con cita previa.
No es una idealización ingenua; es bien un espejo deformante. Exagera los rasgos hasta volverlos evidentes.
Porque, al final, Roberta -hermana de Luis y Dionisio Garza Medina (Alfa, UDEM y muchas otras empresas)- documenta una forma de poder.
Se percibe a sí misma como natural.
Esa mezcla de fascinación y distancia, como quien entra a una casa ajena y no puede evitar comentar la decoración.
Hay algo de amarillismo, sí, en la forma en que se resaltan los excesos, las anécdotas de pasillo, los nombres que abren puertas.
Sería contradictorio negarlo: el lector quiere eso. Quiere saber cómo viven quienes gozan de la abundancia.
- Las universidades privadas funcionan como semilleros de élite.
- Las fundaciones que reparten filantropía con la misma lógica que se distribuyen los dividendos.
- Las cenas donde la política es invitado incómodo pero inevitable.






