
Archivo DETONA.
- Pasará por nuestra ciudad en tránsito hacia los EUA, proveniente de Costa Rica, donde ahora reside, y le sugerí vernos para comer.
- Imaginé que, de seguro, no preferiría platillos de su país, sino mexicanos.
- Lo conozco bien, y su abultado abdomen refleja un gusto refinado por los alimentos, rozando en lo sibarita.
- Temeroso de que optara por un sitio gourmet, pues yo invitaba, me sorprendió con su respuesta: “en dónde tú decidas, nada más que se pueda platicar”.
2.
- Sin ponernos de acuerdo, yo pienso lo mismo, y acabo de vivir la experiencia contraria.
- Estuve en CdMx el fin de semana pasado. Una noche fui a cenar con unos amigos a un restaurante, de esos que conforman una cadena nacional, y nos ubicaron junto a un pianista, que entonaba canciones de Luis Miguel con una enjundia merecedora de mejores causas.
- Obvio. No nos dejó platicar a gusto.
- Al día siguiente, comimos en una fonda, sucursal de conocida cafetería veracruzana. Unas damas, ataviadas con vestidos regionales -supongo-, zapateaban…
3. …
- con tal brío que retemblaba no solo el suelo sino también las mesas, al son de una ruidosa marimba.
- A gritos tuvimos que llamar a la mesera para que nos tomara la orden; a señas sobre la carta le indicamos los platillos que queríamos degustar. Tampoco pudimos conversar.
- El último día de nuestra estancia capitalina nos recomendaron un establecimiento, cuya oferta gastronómica serviría para reparar fuerzas -habíamos participado en el maratón-.
- Además queríamos compartir nuestras experiencias en el recorrido.
- No fue posible. Una sonora estudiantina lo impidió.












