El hambre sigue con sus secuelas de enfermedad y muerte

Desde mi adolescencia me percaté de la existencia del hambre, cuando acompañado de preparatorianos visitábamos ejidos de Dr. Arroyo y Mier y Noriega en Nuevo León.
Lo que alcanzábamos a reunir de alimentos era bien poco comparado con las necesidades de la gente que los habitaba.
No todos los ejidatarios la pasan mal en la actualidad porque se dedican a fraccionar sus tierras y se han convertido en empresarios inmobiliarios, pero en una buena parte del país, a casi cincuenta años de diferencia de los tiempos de mi visita al sur de Nuevo León, el hambre sigue apareciendo con sus secuelas de enfermedad y muerte.
En la Sierra Norte de Puebla, como parte de su bello paisaje, están como bordados pueblos extraordinarios que merecen un mejor destino.
Del 18 al 21 de diciembre visité cuatro de estos pueblos.
El día 18 estuve en la comunidad de Cuaxicala, del municipio de Huauchinango, donde sus autoridades están muy comprometidas con el bien común.
Su hermosa gente vive en medio de las carencias económicas y de la inseguridad, ya que en su entorno abundan los actos de huachicoles, disfrutó de una posada tradicional.
Los 300 niños de Cuaxicala se reunieron para quebrar las piñatas y recibir sus aguinaldos”, luego de ello los allí reunidos cenamos y tomamos un ponche que hizo la esposa del presidente auxiliar, quien por cierto es un hombre joven y se llama Faustino Gutiérrez.





