
La escena no le pertenece a este ecosistema de matorrales, contaminación ambiental y concreto; aquí es verde artificial, mantenido por miles -o millones- de litros de agua que le faltan a las colonias de la periferia.
Los carritos eléctricos zumban como insectos blancos, a bordo van ellos: los dueños del Estado; los herederos de las chimeneas; los bragueteros que "casaron bien". los nuevos ricos que ayer vendían autopartes y hoy compran voluntades en el gobierno. Van también los altos funcionarios públicos venidos a más.
Hoy no hay juntas de consejo; hoy no hay reportes trimestrales. Hoy es el torneo anual de golf.
Desde la barrera invisible del privilegio, ahí están, con sus pantalones de lino y sus gorras con logos de bancos suizos.
Se saludan con abrazos estruendosos, con esa risa de quien sabe de la ley como sugerencia para los que no tienen su apellido... o el de sus esposas.
Regreso a la Infancia Dorada:
Es fascinante y aterrador ver a un hombre que decide el destino de diez mil empleados comportarse como un niño de seis años, se pelean por quién empieza el tee de salida.
Gritan por un putt fallido, hacen trampas infantiles, moviendo la pelota con la punta del zapato cuando creen que nadie los ve.
Son felices, juegan a ser conquistadores de un territorio de 18 hoyos, pero esa felicidad no es inocente.
Es la alegría de la impunidad absoluta, mientras ellos se ríen y apuestan relojes que valen más que una casa en Escobedo, el país se desangra, pero aquí, en el refugio de San Pedro, el aire huele a loción cara y a pasto recién cortado.







