Reflexionando y Cazando

Más que un deporte o un pasatiempo, esta actividad es un legado de mi padre, un ritual que une la adrenalina con la introspección, los disparos con los abrazos, y los amaneceres helados con platicas que calientan el alma.
La cacería en mi familia tiene múltiples dimensiones.
Por un lado, es un evento personal que coincide, no casualmente, con esa época del año en la que uno se sienta a cuestionarse todo:
- ¿Qué he hecho?
- ¿Qué quiero hacer?
- ¿Y por qué sigo despierto a las 5:30 a.m. a -3 °C con una taza de café que podría revivir a un muerto?
Por otro lado, es un espacio comunitario, una excusa perfecta para convivir con los nuestros, en un entorno donde la mayoría del tiempo no hay Wi-Fi, pero sí demasiadas oportunidades para filosofar mientras vigilamos el monte.
He de confesar que la cacería ha evolucionado, como todo en la vida.
A mis 10 años, el verdadero reto era quedarme quieto en un espacio de un metro cuadrado sin quejarme de frío o aburrimiento.
Por aquel entonces, los ranchos eran más "prácticos" (por no decir precarios): techos opcionales, baños cuestionables, y el único lujo era un gran abrazo de mi padre bajo una cobija que podría haber pasado como el abrigo de un oso de Arteaga.





