Claudia Sheinbaum y la ritualidad (priista) del poder
...cuyo manual ha sido copiado puntualmente por los políticos de todos los signos ideológicos.
Así, los usos y costumbres del poder -catálogo en el cual van incluidos los vicios, los excesos y las perversiones, desde luego- son hoy exactamente los mismos de antaño.
No existe diferencia esencial, más allá de algún matiz discursivo menor -y de difícil detección-, entre la indecencia tricolor de antaño y la obscenidad actual… de todos.
El régimen tricolor inventó, por ejemplo, la centralización del poder, la cual se traduce en un hecho puntual: quien ocupa la Presidencia de la República -o una gubernatura, una presidencia municipal o incluso la titularidad de cualquier dependencia pública- tiene la libertad de actuar como si de un monarca de tratara.
De allí el parafraseo de la expresión comúnmente -y de forma errónea- atribuida al texto bíblico: “no se mueve la hoja de un árbol si no es por la voluntad del Presidente”.
Todo político mexicano, cuando le ha tocado actuar como opositor, se ha desgarrado en múltiples ocasiones las vestiduras ante tal realidad… solo para entregarse al ejercicio despótico del poder en cuanto tiene la oportunidad de acceder a éste.
Y sin ruborizarse, desde luego.
Otro ejemplo de la ritualidad inventada por el PRI es el relativo al requisito fundamental para asumir un cargo de relevancia en la estructura gubernamental: “gozar de la confianza” de quien ocupa la titularidad del Poder Ejecutivo… integrar ese conjunto, de compleja descripción, coloquialmente conocido como “su gente”.
No es -nunca ha sido- un asunto de capacidad, de talento, de experiencia.
El expresidente Andrés Manuel López Obrador lo dijo sin tapujos y con todas sus letras en su conferencia de prensa del 24 de septiembre de 2020: quien aspirara a formar parte de su gobierno debía garantizar “lealtad a ciegas”.
Ya antes había señalado cómo, en su concepto, para ejercer un cargo en el servicio público se necesita apenas un 10 por ciento de experiencia.
Porque en amlolandia el conocimiento científico y la formación académica sólida, ya lo sabemos, son componentes accesorios, dispensables.
Los dos elementos señalados se han conjugado, en los últimos días, para ofrecernos un ejemplo monumental de cómo la ritualidad priista sigue gozando hoy de cabal salud, aun cuando no sea ya el PRI -formalmente- el partido en el poder: el “retiro” de Alejandro Gertz Manero de la titularidad de la Fiscalía General de la República.
Cabeza de un órgano “autónomo” -así diseñado, por cierto, a exigencia del propio Morena- Gertz Manero “decidió” catafixiar su posición por una embajada “en un país amigo”… a invitación de la Presidenta de la República.
Esa es la narrativa oficial de los hechos: Gertz “decidió voluntariamente” abandonar el cargo pese a contar con un mandato, derivado de su selección por parte del Senado de la República, cuya conclusión ocurriría hasta enero del año 2028.
Nunca escribió en la misiva dirigida al Senado la palabra “renuncia”… pero esas son minucias semánticas.
No hace falta ser particularmente perspicaz ni realizar un gran esfuerzo de análisis para llegar a la conclusión de cuál es la historia real: el hoy exfiscal fue “echado” de la FGR porque la presidenta Claudia Sheinbaum “necesita alguien de su confianza en esa posición”.
Y para no dejar lugar a dudas de a quién “necesita” la Presidenta “con A” en ese lugar, el futuro embajador también “decidió voluntariamente” y en un extrañísimo arranque de inspiración, designar en la posición de fiscal Especial de Control Competencial a Ernestina Godoy quien, ¡oh, casualidad!, justo había decidido renunciar a su posición como Consejera Jurídica de la Presidencia de la República.
Por pura casualidad, desde luego, la Ley Orgánica de la FGR dispone, de forma expresa, el orden de prelación en el cual se asume la encargaduría de despacho ante la ausencia del titular de la dependencia: la persona titular de la Fiscalía Especial de Control Competencial está en el primer lugar de la lista.
Nada importa, frente a este alud de casualidades, la postura “histórica” de Morena cuyos representantes, en su momento, demandaron dotar de “autonomía” a la entidad con la cual se sustituyó a la extinta Procuraduría General de la República.
¿El propósito de ello?: impedir al Presidente en turno designar y renovar a capricho a su titular y, de esta forma, convertir a la institución en una auténtica garante de la procuración de justicia.
El gran gurú del management, Peter Drucker, describió esta realidad con particular elegancia y economía de lenguaje: “la cultura, independientemente de cómo se defina, es singularmente persistente”.
El austriaco se refería, conviene aclarar, a la cultura de las empresas, pero sin duda la expresión es extrapolable a la actividad política y, en este caso, a esa parte de la cultura política constituida por la ritualidad del poder.
