¿Cómo nos sirve la golpiza entre Alito y Fernández Noroña para mejorar el Congreso de NL?
El secreto de jugar con Alito, poniéndole encima la espada de Damocles, tiene una explicación: arrinconarlo con una amenaza latente para negociar con él y con lo que queda del PRI a nivel nacional, cada vez que al oficialismo le convenga.
Si finalmente el amago se hace real (es decir, si le quitan de plano el fuero), la espada de Damocles pierde su filo, ya no se vuelve a abrir la posibilidad de negociar con la víctima. Nadie patea a un perro muerto.
Eso lo entienden los políticos profesionales, pero no Fernández Noroña. Como senador, Adán Augusto López ha sido acusado de crímenes más graves que tener una casa lujosa en Tepoztlán.
Pero Noroña no es Adán.
Al primero le gana la víscera, lo vencen sus tripas; hay políticos que bailan bajo la lluvia y no se mojan, noroña sí se empapa completo, y como todo en la vida (incluyendo el póquer que tanto me gusta), el que se enoja pierde.
El diputado federal y coordinador de la bancada de Morena, Nacho Mier, fue ayer muy inteligente, dijo que la violencia de Alito no llegó a extremos de una denuncia penal.
En suma, lo exoneró para mantenerle la espada de Damocles colgando arriba de la cabeza del dirigente y dueño del PRI (o lo que queda de ese partido).
Si se enojó por esta Razón de Estado Fernández Noroña, muy su problema. Pero el que se enoja, pierde. Y en política, enojarse no te conduce a nada bueno. Más que a una úlcera gastroduodenal.
La presente legislatura del Congreso de Nuevo León (ya no se me antoja anteponerle el apelativo de honorable) entra a sesionar el próximo lunes.
Como moraleja del pleito entre Alito y Noroña está el fingir que se enojan entre nuestros legisladores locales, pero no se enojen de verdad. ¿Por qué? Porque el que se enoja, pierde.
Incluso cuando un poder pide la renuncia de un integrante de otro poder, a veces no se trata más que de acuerdos subterráneos. Valores entre líneas, de manera que hay que adivinar las verdaderas jugadas.
Dicho de otro modo, al que no le guste el calor, o no sepa combinar las salsas, que se salga del fogón.