Noticias

Los medios y sus contenidos

Por: Edui Tijerina Chapa.
Una responsabilidad compartida

La diferencia entre medios de comunicación y medios de información radica, principalmente, en que tanto emisor como receptor jueguen de manera alterna ambos papeles y aprovechen la posibilidad de dar continuidad al ir y venir de mensajes/respuestas por el mismo medio. 

Siendo así, entendemos que, por ejemplo, si la televisión es un medio de información, entonces funciona como puente que nos conecta con datos y referencias que permiten mejorar nuestros niveles comunicativos y de comunidad.

Este medio, la televisión, ha sido, desde siempre, objeto de análisis, críticas y defensas.

Se le ha pronosticado un fin que nunca llegó; al contrario, evolucionó a otras ventanas (TV por internet, telefonía celular) y opciones de visionado (streaming, on demand).

Si bien es cierto que muchas veces ha sido vapuleado injustamente, achacándole responsabilidades que competen a la familia misma y a las instituciones, en otras se le han señalado contradicciones que siguen marcando la pauta del debate.

 

Hace tiempo, uno de mis grupos en la Universidad se planteó una investigación comparativa a partir de la cual se establecía, considerando televisoras y un bloque temporal específico, el conteo de comerciales de drogas socialmente aceptadas (en ese entonces todavía se permitía la publicidad televisiva de cigarros) y el de promocionales de: “No a las Drogas”.

Los resultados fueron reveladores. La contradicción muy marcada.

La misma contradicción que se presenta también en prensa, en radio, en sitios de internet. En todos lados. Esto nos hace pensar, reflexionar y señalar que todos los medios son, metafóricamente hablando, como tener un hijo que, luego, tiene problemas y debemos ayudarlo.

Los hábitos de relación entre audiencia y medios son hábitos netamente sociales. Lamentablemente, cuando un medio se salta las normas, le llegan multas, las paga y listo, no hay más problema. Por lo mismo digo que hay mucho por hacer al respecto.

Mover una cultura en la que pesa más el pago de una multa que la responsabilidad social de la falla es algo que, sin duda, da mucho por discutir.

En todo el mundo, la mayoría de los gobiernos están nutriendo sus arcas con las drogas legales a partir de los impuestos. Si el Estado está en contra del alcohol, ¿cómo es posible que, a la vez, obtenga tanto dinero a partir de su presencia en medios? Estas contradicciones pasan al público, mismo que, al final, no deja de consumir debido a la sensación de “Va, dale, si todo lo que te dicen en radio, prensa, internet y redes son meras mentiras; puras apariencias”.

Para ser justos, también están las contradicciones de todos nosotros, como receptores. Hay grandes sectores de la población que abogan por un mejor nivel, que pelean por un incremento de la calidad en contenidos mediáticos, pero que, cuando las tienen en la parrilla de opciones, las dejan de largo para soportar con mayores niveles de audiencia a las opciones que ofrecen todo aquello contra lo que pelean.

 

¿Cómo estamos tomando los contenidos televisivos? ¿Cómo estamos capitalizándolos, cómo los asimilamos y los hacemos parte nuestra, para, a su vez, integrarnos a todo? Tal vez ahí esté la respuesta. Lo que estamos buscando puede venir de nosotros mismos, en la medida en que podamos encontrarle un sentido productivo. El peor contenido televisivo puede ser provechoso, pero está en nosotros sacarle ese provecho. 

Tal vez lo que falla en el discurso de los medios culturales contra comerciales es que estos últimos nos presentan cosas comunes, situaciones que sentimos, dramatizadas obviamente para que sean más interesantes. 

Hay una teoría, la de los usos y gratificaciones, que nos remite a los medios en términos de buenos y malos no por sí mismos, sino desde nuestra perspectiva, en la medida que sus contenidos nos gratifican o satisfacen alguna necesidad de información, de entretenimiento o desahogo. En un momento específico, un medio podrá satisfacerla mejor que otros, un contenido podrá resultar mejor. Según las necesidades que tenga es lo que voy a buscar. 

Ahí están todas las opciones, nosotros somos los que nos movemos hacia una u otra; no creo que alguno de ustedes tenga en su casa a un guardián de sus criterios de selección mediática que los obligue a ver tal o cual cosa. Somos libres de lo que vemos, criticamos lo que se nos ofrece, pero rara vez ponemos en tela de juicio los criterios que aplicamos para seleccionar. 

Todos, según nuestra formación emocional, intelectual, buscamos distintas maneras de desahogo.

Yo me puedo desahogar yendo a caminar, o encerrándome, golpeando mi almohada, escribiendo un poema o escuchando música. El uso que yo le dé a los materiales es lo que podía implicar ese desahogo, entonces yo voy a decidir si me desahogo riéndome o viendo cualquier espacio cultural. 

Este contexto me lleva a la invitación a que cerremos el año pensando en lo que vemos, escuchamos y leemos. Pero, también, en nuestra responsabilidad como quienes, al hacer la selección, marcan la pauta a que se nos sigan ofreciendo determinados contenidos. No nos quejemos antes de pensar en hasta dónde lo que nos llega tiene que ver con nosotros mismos.